Ferran Adrià busca ideas entre estudiantes MBA de Esade para la Fundación El Bulli

¿Me parece lógico que sean mejores que yo: yo sólo soy un cocinero?, se justifica el chef

El chef Ferran Adria en "El Bulli"

Americana oscura y camiseta gris, Ferran Adrià se zampa un donut de chocolate y luego se lanza al estrado: en el aula de Esade le esperan decenas de alumnos MBA, estudiantes de las cinco principales escuelas de negocios del mundo, dispuestos a escucharle, diseccionarle y derrotarle. En juego, el futuro de El Bulli Foundation, un proyecto que debería estar en ebullición en el 2014, en la cala Montjoi (Roses), en una forma y un fondo que el chef ya vislumbra, pero que hoy aún se antoja verde, crudito: Adrià sabe dónde quiere ir a parar, pero eso no le basta. “Aprender, siempre hay que aprender”, dice.

El reto, el Global Ideas Challenge (reto de las ideas globales), avalado por Telefónica, tiene su nosequé: alumnos de Esade, London Bussiness School, Harvard, Columbia y Berkeley se van a jugar un máster en materia de fogones. “Aquí vale cualquier idea –dice Adrià–: y confío en que los aspirantes me entreguen propuestas para dar a conocer El Bulli Foundation al mundo, para captar a los mejores talentos, para financiarnos mejor…”.

Los proyectos empezarán a circular en junio del 2012, once meses después de que El Bulli haya cerrado sus puertas, enfrascado en su reinvención. Entonces, Adrià se planteará un nuevo enfrentamiento: un cara a cara entre su propia idea de la fundación y el proyecto MBA ganador. “Nuestro equipo de doce personas tiene un plan propio –dice–. Sólo faltaría. Pero todo se puede mejorar en la vida. Si hasta ahora tenemos un 8, vamos a ver si la intervención de las mejores escuelas nos permite sacar un 9”.

Dicho lo dicho, Adrià entra en materia. Se planta ante el hemiciclo del aula, ante los aspirantes al máster en fogones, y los pone en un aprieto: “Quiero que interpretéis por qué he decidido transformar El Bulli en una fundación…”.
Dedos arriba, abundan las respuestas. “El deseo de compartir tu pasión con muchas otras personas”. “La necesidad de un nuevo reto”. “La libertad para ser más creativo”. “Dejar un legado”. Adrià enarca las cejas. “Hay motivos más banales, vamos…”, replica. Más intentos. Nadie acierta.

“De acuerdo, os lo voy a decir –salta al fin–: mi vida era una mesa. El asunto de las reservas era insoportable y violento. Quien no me conocía ni había ido a El Bulli me odiaba. Sólo me querían los que podían ir. Nos moríamos de éxito, y eso nos lleva al segundo argumento: el sistema no soporta un triunfo demasiado prolongado. Llevaba quince años triunfando. Me estaba haciendo odiar”.

Fuente: lavanguardia.com

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